Hace unos días, discutía cuál podía ser el efecto del ambiente (especialmente, el hostil) sobre los individuos.
Descubrí que hay una serie de metáforas que nos pueden servir de base: la tierra, concretamente, la geología.
Las personas con menos aguante son dunas. La brisa (para nosotros, no es más que una caricia) es lo único que necesita para cambiar e, incluso, desaparecer. La opinión pública es lo único que necesita para cambiar e, incluso, dejarse vender.
Las personas con más aguante son montañas. La brisa no es capaz de modificar nada. Sin embargo, la lluvia ácida, el viento huracanado, la desecación y las sequías consiguen erosionarla poco a poco.
Así, puede que un días no afecte, pero si se convierte en rutina, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, cala.
¿Cuál es la solución, pues?
Ser diamante.
Renacer del negruzco, sucio carbón, gracias al efecto de altas temperaturas y presiones. Y cuando ya lo eres, las adversidades -como los cortes, las limaduras, etc...- solo sirven para pulir y convertirse en más brillante, bonito y valioso.
Sé diamante. Seamos diamantes y vivamos con la cabeza en alto.
Otro ejemplo que podemos usar, pero que proviene del campo biológico son las perlas.
¿Cuál es el origen de estas esferas?
Un grano de arena -una molestia, para la ostra-, en vez de ser expulsado, empieza a recubrirse por capas y capas de un material que produce el bivalvo asta que consigue una pequeña pelota de brillantez y pulidez excepcionales.
La ostra usa un problema, un obstáculo, para producir un de los materiales más apreciadas en el mundo de la joyería.
Aprendamos de la naturaleza, hay miles de ejemplos más.
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